Historia

Patty Beltrán

N ací en Curacautín el 22 de mayo de 1964, soy la tercera de seis hermanos. Mis padres, Elías e Isabel, nos inculcaron a todos una profunda Fe en Dios, lo cual influyó y determinó mi vida cuando a los 17 años supe que quería dedicar por completo mi vida a Cristo.

Mi personalidad y compromiso me llevaron a asumir cada vez más responsabilidades, pero con el paso del tiempo casi todas se tornaron administrativas, lo que me dejaba poco tiempo para compartir esos momentos de encuentro con las mujeres que beneficiaba la Congregación y que tanto llenaban mi alma.

Los meses transcurrían en la búsqueda de fondos que permitieran desarrollar proyectos para las beneficiadas, pues los recursos siempre eran escasos.

Afortunadamente los esfuerzos rendían sus frutos. Una vez incluso, logramos conseguir recursos nada menos que desde la Embajada de Japón. Algo realmente impensable para mí, lo que terminó con el Embajador de ese país en la inauguración del proyecto. Y antes de alcanzar a celebrar ese éxito, estaba yo a cargo de un nuevo proyecto.

Y así, no pasó mucho tiempo para que el agotamiento se hiciera presente, y mi estado de salud se deterioró drásticamente.

Así fue que como religiosa durante 23 años viví experiencias inolvidables, conociendo las necesidades espirituales de las personas, y aprendí lo mucho que un corazón abierto puede consolar. Como religiosa pude desarrollarme en diversas áreas, desde practicar el bordado hasta tener a cargo un jardín infantil para niños y niñas menores de 5 años.

Estudié también Educación General Básica con mención en Religión, conocí al Papa Juan Pablo II, quien al poner sus manos sobre mi cabeza me regaló uno de los momentos más felices de mi vida; y recorrí el país y el extranjero llevando a cabo la misión de la Congregación siempre con una sonrisa  la capacidad de lograr grandes metas.

Sin duda alguna la vida era tranquila en el Convento, sobreprotegida y sin carencias materiales nunca tuve necesidades personales.

Mi vida transcurría bajo la protección y la serenidad de una estancia resguardada por la Congregación.

El encuentro

Tras esos 23 años, mi vocación de amor y entrega aun me tenían preparadas nuevas rutas. Al conocer el dolor y la fragilidad de mujeres que tenían escasas oportunidades para cambiar el rumbo de sus vidas, me conecté en todo sentido con la persona humana que tenía delante de mí, no solo como religiosa, sino también como mujer y persona.

Hubo sin embargo, un encuentro especial, y que se transformaría con el tiempo en el inicio de un nuevo llamado vocacional; fue cuando una mujer, muy joven, ejerciendo la prostitución en una calle de Valparaíso.

Se me acercó y me preguntó: ¿Puedo pedirle un favor?

Yo, vestida  de hábito, y con una sensación de intriga y cierta predisposición a que me pidiera dinero, asentí a la joven y ella me dijo: ¿Usted me podría dar un abrazo?

Yo, antes de poder responderle, caminé hacia ella, abrí mis brazos, y también mi corazón, y le respondí: ¡Claro que sí!

Ahí nuestros corazones ya estaban estrechados en el más significativo de los abrazos que alguien me ha entregado, y desde ese encuentro mi vida, una vez más, fue determinada por el amor que aprendí se puede entregar a los demás.

Sentí la necesidad de hacer mucho más, creo que eso significó para mí ese fuerte abrazo. Me imaginé con la capacidad para dedicar todo mi tiempo y mi corazón a abrazar espiritualmente a todas estas mujeres que necesitaban este encuentro profundo, pero que por el apuro cotidiano, tras el almuerzo en el Convento, cada una –ellas y yo- retornábamos a nuestras propias realidades, y entonces mi encuentro con ellas, aunque valioso, no era significativamente profundo como yo lo quería.

Sentí la necesidad de hacer mucho más, creo que eso significó para mí ese fuerte abrazo. Me imaginé con la capacidad para dedicar todo mi tiempo y mi corazón a abrazar espiritualmente a todas estas mujeres que necesitaban este encuentro profundo, pero que por el apuro cotidiano, tras el almuerzo en el Convento, cada una –ellas y yo- retornábamos a nuestras propias realidades, y entonces mi encuentro con ellas, aunque valioso, no era significativamente profundo como yo lo quería.

Pero de dónde podría obtener ese tiempo que necesitaba, cómo podía llevar a cabo esa idea de estar siempre disponible para mis queridas “chiquillas”, como me gusta llamarlas hasta el día de hoy; acaso tendría que dejar todo lo que tenía a cargo, tendría que dejar entonces de ser religiosa…

Me parecía una locura. Los 23 años no habían pasado en vano, y las interminables preguntas sobre la vida fuera del convento se volvían cada vez más aterradoras: ¿De qué viviría?, ¿Dónde?, ¿Quiénes querrían apoyarme en esta idea?, ¿Sería capaz de aprender a peinarme, a comprarme ropa?… ¿Decepcionaría a mis queridos padres y hermanos?

Vocación sin hábito, sin límites y sin imposibles

Pese al temor, la idea nunca más abandonó mi mente y mi corazón. Ocupar mi tiempo en imaginar cómo tendría que hacerlo para lograr que esta “locura” se transformara en una realidad, se volvió mi escape, pues me permitía trasladarme fuera de mis preocupaciones y pesares de salud; me llenaba de alegría y fuerzas sólo imaginando un lugar donde las chiquillas pudieran llegar libremente, ser acogidas, y donde finalmente la pesada mochila de sus vidas empezara a ser vaciada o al menos un poco más liviana.

Necesitaba hacer una Fundación donde el objetivo mayor fuese acompañarlas en sus decisiones, donde cada mujer que necesite ese abrazo espiritual, maternal y solidario pudiera llegar a mí y darme el privilegio de ser quien la acompañe.

Ese escape imaginario comenzó a mejorarme el ánimo, mi espíritu y hasta incluso mi salud.

Y casi sin percibirlo, ni buscarlo, comenzaron a aparecer entonces las respuestas a cada una de mis preguntas, aparecieron también los colaboradores y amigos, y las ideas de cómo hacerlo se fueron materializando como un regalo de Dios, yo preguntaba y en seguida la respuesta me era enviada de manera misteriosa.Pese al temor, la idea nunca más abandonó mi mente y mi corazón.

Ocupar mi tiempo en imaginar cómo tendría que hacerlo para lograr que esta “locura” se transformara en una realidad, se volvió mi escape, pues me permitía trasladarme fuera de mis preocupaciones y pesares de salud; me llenaba de alegría y fuerzas sólo imaginando un lugar donde las chiquillas pudieran llegar libremente, ser acogidas, y donde finalmente la pesada mochila de sus vidas empezara a ser vaciada o al menos un poco más liviana.

El año 2010 inicié uno de los procesos más complejos de mi vida, un discernimiento que no estuvo falto de lágrimas, angustias y dolores espirituales que me hacían olvidar incluso el frágil estado de salud en el que me encontraba.

Las opciones que tenía eran tan diametralmente opuestas que me fue necesaria una gama de profesionales y amigos para acompañarme en este proceso que duraría todo un largo año.

Estuve acompañada por un psicólogo, un médico y un sacerdote, quienes comenzaron a ayudarme a buscar dentro de mi alma las respuestas más sinceras y profundas que necesitaba. En ese momento la mujer que más necesitaba mi ayuda era precisamente yo. La encrucijada parecía infranqueable, pero mi fe en Dios era aun más inquebrantable. Fue mirando la imagen de Jesús en la cruz, que sentí nuevamente la llamada a escuchar su mensaje de amor, y entendí que Él estaba ahí para todos y todas lo que lo necesitaban, ¡Inclusive para mí! que por tanto tiempo solo sabía rezar por los demás.

Hoy en la Fundación hablamos de extrema vulnerabilidad, pues precisamente lo primero que viví fue un tremendo sentimiento de vulnerabilidad, me sentía incapaz de llevar otro tipo de vida, otra ropa, sentía que nunca iba a ser capaz de transformarme; todo ello me permitió, sin embargo, comprender que la vulnerabilidad es un proceso no sólo complejo, sino también un proceso en el cual se necesita ante todo estar acompañada; en la soledad y sin el encuentro con el otro es imposible dejar de experimentarla.

La necesidad de hacer aun mucho más

Así fue que ese camino me permitió aprender a identificarme con las chiquillas, a sentir sus miedos, resquemores e incluso también sus rabias.

Al dejar la vida religiosa, comencé a hacer realidad las respuestas que anteriormente había encontrado. Me fue a vivir con una sobrina en Viña del Mar, y junto a un grupo de amigos empresarios, mi Grupo de Desarrollo, y cinco chiquillas comencé a vivir el oasis de mi vida.

El llamado que yo hacía debía hacerse escuchar, y encontré en esas búsquedas a quien se convertiría en una gran gestora, Maysa Ortiz.

Ella dividió su tiempo y corazón para acompañarme en cuanto conoció la Misión. Con Maysa planificábamos cada una de las actividades que eran necesarias para las chiquillas y también la búsqueda de nuevos colaboradores.

Comenzaba entonces la Fundación a tomar forma como una organización a la que había que definir y proyectar hacia su propio futuro. Para eso se conformó un Directorio, donde se sumaron Rodrigo Calderón y Alejandro Magni, ¡Un lujo!

Los dos primeros encargos que hice al Directorio fueron: Encontrar una persona que a diario me acompañara en la Fundación, y que gestionara conmigo los proyectos y necesidades de Betania, pues ya eran 50 las chiquillas beneficiadas y los tiempos, y los recursos, se volvían escasos.

El segundo encargo era contar con una casa, que fuera de uso exclusivo para la fundación y con mucho espacio para nuestros talleres y encuentros.

En agosto de 2014 el destino permitió que llegara a Betania Acoge Carolina Bugueño, quien cumple la función de estar a mi lado y acompañarme en los múltiples desafíos que a diario ocurren en la Fundación.

Llegó también Claudia González, trabajadora social que conectó su vocación a los objetivos de la Fundación, y que hoy, junto a Paz Bascuñán llevan a cabo el magnífico trabajo psico-social que se realiza en beneficio de las chiquillas.

El 2015, se materializó finalmente el segundo encargo al Directorio, ese sueño por el cual tanto yo rezaba, y a cambio del cual en mis oraciones siempre prometía verdaderos milagros; le pedía al Señor por una casa con 4 habitaciones donde pudiéramos acoger a las chiquillas, y, como yo a esas alturas ya soñaba en grande, y esta era una alianza de mucho tiempo con Él, con confianza le agregaba al rezo que si además la casa tuviese vista al mar, sería mucho mejor. La respuesta que recibí fue una casa con 8 habitaciones, y con vista al mar desde mi oficina ¡Así de generoso!

En esta casa, recibe a las chiquillas Lorena, un alma acogedora que no sólo nos regalonea a todas con sus almuerzos y cuidados, sino que también con su alegría y recibimiento es capaz de cambiar hasta el más triste de los ánimos.

Al momento de publicar esta memoria se cumple un año de verdaderos milagros en esta casa, por donde han pasado más de 100 mujeres de la región de Valparaíso, y donde yo finalmente me declaro una mujer completamente feliz.

¡Gracias!